1.3.12

EL HOMBRE CINE

I react to life” (1)


Todos los seguidores de Jonas Mekas hemos tenido la sensación de formar parte de sus películas de alguna manera. Si Alain Cavalier o José Luis Guerin, por ejemplo, nos muestran a un hombre solo, que se confiesa a través del cine, y cuyo espectador escucha atento, pero pasivo, con Mekas desaparece la distancia que la propia naturaleza del medio crea con el espectador; ese muro ineludible que es la pantalla y que nos hace conscientes de estar al otro lado, se viene abajo en la proyección. Los escenarios por los que se mueve, a menudo llenos de amigos y familiares, aparecen ante nosotros como la home movie que acostumbramos a ver en privado.

Con Mekas bebemos el vino, notamos la copa fría entre los dedos, brindamos y nos reimos con él. A veces, gira la cámara y nos habla directamente. Estamos ahí, testigos de anécdotas y reflexiones que merecen ser recordadas, las dicte o no un guión. Cuando le preguntan por qué esto y no aquello -y se lo preguntan constantemente-, responde “No lo sé. No me lo preguntes. No tengo la respuesta. Reacciono a la vida”(1). Esta última frase, que en cuatro palabras engloba toda una filosofía vital y cinematográfica, inspiró profundamente a Guerin en su correspondencia fílmica a Jonas, “querido Jonas”...

Magia, vida, algo pequeño pero de enorme valor, hace que sus diarios filmados no sean sólo las grabaciones de un hombre con su cámara. Algunos dicen que eso no es cine ni es nada; pura ironía, para uno de los integrantes de un movimiento como el Fluxus, erigido como “antiarte”.

No hace mucho, presentó en Nueva York una selección de videos rescatados de entre su vasto archivo para celebrar el Fluxus Weekend del Festival Performa. Un compendio, el Fluxus Cabaret, que como siempre en Mekas adquiere apariencia de happening.

Momentos recogidos a lo largo de varios años en compañía de las principales figuras de esta corriente, que arrancan con una actuación de Nam June Paik tocando el piano en el centro de Manhattan. Pero aquí, lo más interesante es el paseo que se da Jonas entre el público con el vino en una mano y la cámara en otra; performance dentro de la performance original, poco a poco relegada a un segundo plano. Por el camino se topa con gente: “¿Te acuerdas de mí?”, “Claro, claro...”.

Le sigue una clase magistral sobre los orígenes y naturaleza del Fluxus, y la imparte Ben Vautier, mitad en inglés, mitad en francés. Y nuestras risas en la sala del Anthology producen una extraña tridimensionalidad al fundirse con las de los alumnos que están en esa clase, sentados junto a Jonas.

O un viaje en barco con John Lennon, Yoko Ono y George Maciunas por el Hudson; patchwork de verano, capturas de una tarde feliz.


Consciente del presente, sin embargo, Mekas incluye filmaciones más recientes que nos recuerdan el momento en que esto sale a la luz. Volvemos a ver a Yoko Ono, pero ahora, dedicando un homenaje al recién fallecido Nam June Paik, en un video del año 2006.

El cabaret termina con una visita al número 80 de Wooster Street, sede de la antigua New York Filmmakers' Cinematheque. Allí hay un árbol que Maciunas plantó hace más de cuarenta años. El árbol resiste, desafiando al tiempo, como aquel otro que mencionaba E.B. White al final de Esto es Nueva York; único vestigio de otro tiempo, superviviente, después de muchas lluvias, del trepidante avance de la ciudad. Jonas rodea el árbol con los brazos. “Es grande, no puedo abarcarlo”.

Paradigma de la persona que ha terminado imponiéndose a sus propias imágenes, su figura simboliza hoy un espíritu del cine con quien desearíamos topar.


Artículo publicado originalmente en Transit, cine y otros desvíos

23.1.12

Una evocación




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6.8.11

CHAOS REIGNS


"La naturaleza es el templo de Satán", dice Charlotte Gainsbourg en el Anticristo de Lars Von Trier, bosque del inframundo que llama a las almas a la autodestrucción, que confunde y obnubila, que vuelve loco.

Las mismas brumas peligrosas flotan sobre una serie de fotografías de Helmut Newton, donde raíces robustas acunan los cuerpos a ras de suelo y la niebla impide la lucidez. Un hombre de piedra intuye el caos que se avecina.




































29.6.11

Esoterismo y cine. El último grito


“El cielo en la tierra” es el título del ciclo de vanguardia americana que La Casa Encendida de Madrid ha puesto en marcha en paralelo a la coruñesa (S8) Mostra de Cinema Periférico. Cuatro nombres del underground estadounidense desembarcan en la capital; la primera, Zoe Beloff.

El cielo en la tierra sugiere visitas sobrenaturales, fantasmagorías, espectros que cohabitan con los vivos. Esa convivencia tiene lugar, además, en la pantalla y fuera de ella: el viejo formato en 16 milímetros se filma y proyecta en 3D dentro de un espacio museístico de vanguardia, en el que la vieja moviola nos envuelve con su locomoción (mientras, la propia artista vigila que no se le enganchen los fotogramas).

Como Brancusi cuando bajó sus esculturas del pedestal, eliminando esa distancia entre objeto y visitante, Zoe Beloff recupera la tradición de situar el proyector en medio de la sala, hasta ahora castigado contra la pared, siempre de espaldas al público y silenciado por la vitrina de forma cruel. Así, la obra artística está no sólo cara a cara con el espectador, sino también a su lado.

Habitualmente el 3D potencia el acercamiento de la imagen, la vuelve tangible, muestra sus volúmenes. Beloff, sin embargo, lo utiliza como instrumento para la invocación, como si su cámara -una Stereobólex que encontró en Ebay- fuera un tablero de Ouija que materializa visitantes temblorosos venidos de otra dimensión (la propia autora se define como una médium). En ese sentido, ella es como Méliès, y sus trabajos destilan magia.

En Charming Augustine, la directora transforma en intertítulos los viejos apuntes de un caso clínico de finales del XIX. A medio camino entre El pequeño salvaje de François Truffaut y los sueños de Maya Deren, la joven enferma es retratada, gracias al parpadeo del cine, como un espíritu nervioso y poseído, de mirada ultraexpresiva y fuertes contracciones -los arrebatos de la Swanson me vienen a la memoria-.

A Beloff le preocupa la psicología infantil, las terribles consecuencias que puede provocar si no se aplica correctamente; siniestros doctores juegan a curar a sus criaturas: suplantaciones de personalidad, esquizofrenia... un doppelgänger siempre presente. Claire and Don in Slumberland, agrupa fotografías de escenarios abandonados, lugares de desorden y destrucción -como en aquella foto de Jeff Wall-, a los que luego sobreimprime la imagen de los protagonistas, ánimas bipolares que vagan por un celuloide envejecido.

Sólo un último apunte: para adentrarnos en su mundo debemos leer el prólogo. Beloff rastrea archivos fílmicos y mercadillos para encontrar alguna vieja cinta capaz de dialogar con sus trabajos; grabaciones olvidadas que ahora sirven de introducción, y que en última instancia sitúan a las películas de esta autora en el presente. Estamos ante un arte del siglo XXI, en el que el peso de la Historia del cine ya no es un tributo, sino una negra sombra. La única manera de dialogar hoy con el pasado es a través de la invocación; el homenaje o la referencia, sólo dan lugar al soliloquio.

Publicado en El Correo Gallego el 18-6-2011.

24.5.11

DOCUMENTA MADRID 2011

El cine de hoy en pasado y futuro


Puede que, como dice Marcel Hanoun, todo el cine sea documental (“incluso cualquier película de ficción es un documental sobre el actor”); puede también que ningún documental sea verdadero porque, en palabras de Shoei Imamura, “la cámara puede materialmente modificar la vida de las personas, ¿tengo yo derecho a provocar esos cambios?” –se preguntaba.

Para poner todas estas cuestiones sobre la mesa, Madrid ha vivido estos días diez jornadas de cine de no ficción –sin duda una definición más adecuada- que aborda, a veces rígidamente, otras sólo de puntillas, la “opaca realidad” a la que una vez se refirió Claude Lanzmann.

Ese concepto de opacidad que describe el autor de Shoah (1985), la obra magna sobre el Holocausto, queda muy claro con el largometraje de inauguración de esta octava edición: Distinguished flying cross, de Travis Wilkerson, es el relato de la guerra que un veterano de Vietnam le cuenta a sus dos hijos mientras disfrutan una cerveza. Es uno de ellos, precisamente, quien recoge las aventuras de su padre; de boca de este hombre, la locura del conflicto se convierte en una hazaña y él en el héroe que se hace con la medalla. Por eso Wilkerson hijo decide acompañarlo con las imágenes más amables –y alejadas- que se tienen del conflicto: bailes nocturnos en los campamentos con músicos camboyanos amenizando la velada, unos pocos trofeos con un as de picas en la boca desfigurada.... ¡Qué paraíso debió ser aquello!



En su ensayo Esculpir en el tiempo, Andrei Tarkovsky se preguntaba por las razones que llevan a la gente al cine, y observaba la “necesidad del hombre de apropiarse del mundo (…), por el tiempo perdido, fugado o aún no obtenido”. Esa época pasada es la que nos trae Péter Forgács –uno de los “Nombre Propios” del festival (junto a Helena Třeŝtíková y Volker Koepp –otros escultores del tiempo), a través de sus collages con metraje encontrado. Forgács recupera felices álbumes de familia para mancharlos con las grandes contiendas; sinfonías de otros tiempos, rostros, ropas y calles antiguas a las que el autor da vida al colocarlas de nuevo en la moviola e inventarles una historia, pero con el contexto necesario.


Slow action, de Ben Rivers, representa el tiempo aún no obtenido y, dicho sea de paso, una de las propuestas más interesantes del festival, la menos documental, la más no ficción. A ojos de Rivers, la isla de Lanzarote es un planeta habitado por hologramas que gravitan sobre los cráteres del Timanfaya; un paraje lunar donde el restaurante de César Manrique se transforma en nave espacial. A esta sociedad, que Rivers denomina “Once”, le siguen otras cuatro fascinantes utopías. Escenarios a menudo devastados, ya sea por guerras o por catástrofes naturales, que llevan al director a especular sobre sus sociedades.

Mitad norteamericano, mitad alemán, ese acento de todas partes y de ninguna, la voz –aquí metalizada y casi en recto tono- de la crítica de cine Ilona Halberstadt, interpreta al portavoz de un tal “Conservador” que obedece a los dictámenes de la “Gran Enciclopedia”, un manual que establece la vida de cada isla en función de su geografía.

Rivers sólo unió las imágenes y la narración al final; así, no es difícil pensar que el destino de los pueblos pueda ser un mero juego de azar, y sus sistemas de gobierno –cuando los hay- fácilmente permutables.

El degradado natural que proporciona la cámara Bólex a la imagen que Rivers filma hoy, se proyecta en el cine como reflejo futurista de nuestra posible vida pasada, como un registro pretérito y profético a la vez. En fin, otros mundos posibles, ahora un poco más nuestros.


A un pasado mucho más remoto nos lleva Werner Herzog, a La cueva de los sueños olvidados, el estreno más esperado del festival. Un alucinante viaje tridimensional a Chauvet, donde en el año 99, un grupo de exploradores encontró las pinturas rupestres más antiguas hasta la fecha. Huellas del principio de los tiempos que venimos a profanar.

Si bien, son las aportaciones de Herzog las que hacen que este viaje sea único: su humor habitual, los excéntricos personajes que posan ante su cámara, la forma en que cuestiona a los protagonistas… Documental de creación que no habría sido posible sin él, o que se limitaría a un apreciable 3D, más riguroso y serio, si se quiere, mucho más aséptico también.

Es, precisamente, la voz del cineasta lo que más escasea en la no ficción, y lo único que finalmente diferencia al documental cinematográfico del periodismo audiovisual, al cine del reportaje televisivo, al ensayo de la divulgación. A menudo ni siquiera el director toma partido en aquello que recoge, y es, por desgracia, el caso de muchos de los títulos del festival Themerson & Themerson, Bucky & Spaceship Earth... En otros, ni el propio autor parece saber lo que quiere: Madman’s dictionary; When In Bucharest (do as the romans do).

Pero también ha habido lugar para lúcidas visiones contemporáneas. Como en Los Angeles plays itself (Thom Andersen, 2003) –increíble reflexión sobre la ciudad y el cine, sobre lo efímero y la desvirtuación de los espacios, mediante decenas de fragmentos fílmicos que elaboraban una tesis audiovisual-, Reel Bad Arabs se sirve del mismo formato para dejar claros los estereotipos que desde el cine mudo han representado al pueblo árabe en el cine –antes reducido a turbantes y alfombras voladoras, ahora condenado a terroristas y opresión-.


La belga Sofie Benoot, por último, propone un viaje por las profundidades de Estados Unidos, una inmersión en esa América de autocaravana, de predicadores y mesías, de fervor católico. La América del sheriff, de bandera y veteranos. Blue Meridian recorre los territorios arrasados por el Katrina, pueblos fantasma donde los escombros flotan en el aire, donde los letreros incitan al pillaje, donde ya sólo quedan recelos y rencor. Una superpotencia desolada, con olor a rancio, habitada por mentes primitivas y peligrosas para quienes la palabra América sólo es una pequeña parte. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, dijo alguien una vez.


Publicado en El Correo Gallego el 19-5-2011.

La vida de los peces (Matías Bize, 2010)


El planteamiento de La vida de los peces recuerda vagamente a un curioso film de finales de los sesenta. En El nadador (Frank Perry, 1968), Burt Lancaster daba vida a un hombre que decidía cruzar el condado a nado, siguiendo la línea imaginaria que marcaban las piscinas de sus vecinos. En cada parada de su viaje, se iba encontrando con antiguos amigos que poco a poco nos descubrían al personaje; hechos de su pasado que ni él mismo era capaz de recordar, y que a medida que avanzaba la película aumentaban también la decadencia de este hombre, que se termina erigiendo en inquietante parábola de la madurez más turbia.



En el nuevo trabajo del chileno Matías Bize, un joven que lleva varios años viviendo en el extranjero, regresa por unas horas para acudir a una fiesta en la que se encontrará con un antiguo amor. La noche va avanzando y él va atravesando cada estancia de esa casa, donde le aguardan distintos personajes que irán conformando su historia mediante recuerdos.

Cada habitación, como cada piscina, semeja una etapa vital, una fase que hay que superar, casi como una pantalla de videojuego que va dejando personas por el camino. Pero él se resiste a jugar la partida, escucha pero apenas habla, prefiere permanecer como un visitante, como un turista.

El director cuenta su historia en tiempo real, y la duración de la película es también el tiempo que al protagonista le lleva salir de esa casa desde que al principio anuncia que se va. Esa hora y media de retraso son los obstáculos de su propia vida.

Y funciona como metáfora, pero la narración desborda situaciones de telenovela entre una pareja inverosímil; diálogos pesados que insisten en explicarlo todo, insertos en fotogramas de videoclip, a base de farolillos desenfocados y ralentís, tratando de convertir el fondo en una pecera de colores que tiene atrapadas a sus criaturas, pero que es incapaz de atraparnos a nosotros.


Publicado en El Correo Gallego el 3-5-2011.

27.4.11

Huellas (ALMONEDA 2011)


El madrileño recinto ferial nos invita estos días a viajar al pasado.
Arte, antigüedades y coleccionismo se congregan en Almoneda 2011, que se clausura hoy, y que en esta edición ha contado con más de 150 galerías españolas y europeas para desvelar hallazgos remotos y olvidados.

El recorrido arranca con un negocio especializado en máquinas de escribir, viejos teclados que me inspiran a trazar estas letras. Sigo paseando y el muestrario es abrumador: reclinatorios para redimir pecados, espejos de brillo difuso, maderas marchitas, cornucopias de tiempos de abundancia, vajillas de banquetes excesivos, mantos isabelinos, cerámicas del Perú, jaulas de aves extintas, maletas mundanas, máscaras de tribus recién descubiertas, escafandras para bucear 20.000 leguas, soldados de guerras terminadas, garrafas de vinos amargos, crónicas de Indias, escritorios que invitan a emprender el Quijote, oros del Yucatán; puertas que abren mundos antiguos, llaves que cierran épocas.

Pertenencias desempolvadas que hoy descubrimos con ojos nuevos, objetos que hemos visto en el cine, en la pintura o en viejos álbumes de familia, y que ahora se presentan como recién traídos de París.

Y abrumados por tamaño surtido, de pronto nos sorprendemos imaginando cómo quedaría nuestro salón si lo llenáramos de muebles estilo Bauhaus, o preguntándonos si no es tarde para empezar una colección de cámaras de fotos; y nos entran ganas de comprarlo todo, como Las cosas que enumeraban los protagonistas de Georges Perec, y por un momento nuestra casa nos parece gris y nos sentimos un poco infelices, un poco incompletos.

Pero ese inconformismo dañino y peligroso dura poco, un organillo estalla y nos despierta del letargo; el presente nos da un bofetón, es nuestro tiempo, el que vivimos; basta ya de pensar que el pasado fue mejor, uno no debería sentir nostalgia por lo que no ha vivido, a lo sumo curiosidad, y esto no es sino un mausoleo. Retomamos entonces el viaje, pero conscientes de que estamos de paso en un lugar que, con esa mandolina, suena ahora a romería de San Isidro, entre relojes de tic tac cansado y péndulos patidifusos.


Publicado -algo mutilado- en El Correo Gallego el 19-4-2011.